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22 junio, 2017 / bteamLos malos y los buenos en la cesta de la compra: nuevos tiempos para las marcas de alimentación

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En mayo de este año se publicaba la noticia de que la “supercesta de la compra” crecía el doble que el mercado de gran consumo en conjunto. Eran datos de Nielsen, que arrojaba a la luz que los españoles ya compramos un 4,1% más de superalimentos en los 6 meses anteriores. En los últimos tiempos hemos visto cómo los medios de comunicación se llenaban de anuncios y reportajes sobre productos antes desconocidos. Chía, estevia, quinoa… parece que nuestra despensa necesitaba un lavado de cara y nosotros sin saberlo. Hay que hacer una mención especial a las revistas femeninas, cuyas secciones de salud y bienestar ya no recordamos con qué se nutrían antes de este boom.

Pero, ¿qué son los superalimentos? Son aquellos que tienen unas propiedades nutriciales superiores al resto. En total hay 25 categorías que conforman la supercesta. Los blogs de bowls sanos, los nuevos mercados ecológicos, las influencers con batidos verdes… Todo nos lleva a tener que admitir que los superalimentos han llegado para quedarse.

Y una vez más, las beneficiadas son algunas marcas: aquellas que tenían productos similares se han conseguido hacer un hueco en el mercado adaptándose a esta nueva corriente de vida sana. Sin ir más lejos, la marca SOS, conocidísima por sus arroces, fue de las primeras en comercializar chía y quinoa. Ambos productos han crecido hasta un 1000 %, según el mismo estudio de Nielsen. Pero no solamente aquellas marcas que han creado una nueva línea de mercado se han visto beneficiadas: superalimentos son también productos de toda la vida como el boquerón, el atún o el bonito. Empresas de largo recorrido ven cómo sus productos son ensalzados y recomendados en millones de fotografías de Instagram.

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Como siempre, mientras unas marcas están de enhorabuena, otras se ven afectadas por lo contrario precisamente: grandes marcas se han visto tachadas perjudiciales para la salud por contener aceite de palma.

Durante décadas, este aceite se ha utilizado por su bajo coste, por la consistencia que da a ciertos productos y porque alarga la vida de ciertos alimentos, pero ahora incluso los grandes supermercados han decidido librar una batalla contra este componente después de la alerta generada por ONG y asociaciones sanitarias. El primero fue Supersano, un supermercado cuyo lema es, precisamente, prescindir del aceite de palma; más tarde se han unido grandes cadenas como Aldi, Alcampo, Día y Mercadona, que anunciaron la retirada del aceite de palma de sus productos de marca blanca y un proceso para disminuir en sus estanterías la presencia de las marcas que lo utilizaran.

Nestlé, Procter & Gamble y Unilever han sorteado rápidamente la crisis reputacional respondiendo a la polémica y explicando el uso del aceite de palma, así como sus nuevas políticas de contratar únicamente proveedores sostenibles, puesto que una de las principales quejas de las ONG es la deforestación que se produce por la explotación intensiva, dejando sin su hábitat a especies animales como el orangután, en el caso de Malasia.

No obstante, según el registro de Comercio, se ha importado aceite de palma por valor de 216 millones entre enero y febrero, alcanzando casi el doble que en este período de 2016. No está claro, entonces, que la industria vaya a cambiar sus prácticas a corto plazo, pero es obvio que si las grandes marcas no quieren verse desplazadas por alternativas más saludables tendrán que tomar medidas.

Lo mismo ocurre con los refrescos y el azúcar. El culebrón está en pleno apogeo: después de que la Generalitat haya subido hasta un 20% los impuestos a las bebidas azucaradas, el sector alimentario está pidiendo al Gobierno que recurra a la nueva tasa por considerarse inconstitucional –además de resultar especialmente confusa, pues los límites no están del todo claros-. Marcos de Quinto, vicepresidente y responsable del marketing mundial de Coca Cola hasta hace unos meses, hace poco se pronunció al respecto de manera contundente, dejando claro que si fuera un tema sanitario se debería prohibir, no solamente discriminar a ciertos sectores por tener azúcares añadidos.

Aunque nunca se haya recomendado su consumo para una dieta especialmente sana y equilibrada, numerosos estudios tratan de aclarar si las bebidas azucaradas son tan malas para la salud como se viene diciendo en los últimos años; no obstante, como siempre, dependiendo de quién pague dicho estudio se obtienen unos resultados u otros. Pero, llegados a este punto, hay que plantearse qué puede hacer el sector de los refrescos, por ejemplo (aunque no es el único afectado). Una vez más, como con la polémica del aceite de palma, hay ganadores (los refrescos más naturales), pero, en este caso, es aún más difícil que la categoría de productos se pueda adaptar, más allá de la creación de nuevas marcas con menos azúcares (light), como se lleva haciendo desde hace más de 20 años.

Lo que está claro es que los hábitos de consumo están cambiando y las marcas deben adaptarse a ello. Por más que los sectores protesten y haya polémicas, lo natural es evolucionar según avanza la ciencia y conocemos más sobre los productos. Sin ir más lejos, hace unas décadas en España se usaba Nivea para protegerse del sol, se ofrecía Coca Cola a quien alegara dolor de estómago, y se anunciaba la Cruzcampo como bebida ideal para niños. Estas cosas ahora nos suenan a marcianadas, ¿pasará lo mismo con el aceite de palma o los refrescos azucarados?

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