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22 septiembre, 2017 / bteamPolíticamente correctos

portada censura

Corren tiempos difíciles para lo políticamente incorrecto. Atrás quedaron aquellos años de mamachichos, Jesús Gil en el jacuzzi y gente que acudía a la televisión sin ningún tipo de filtro ni pudor. “A Dios gracias, dirá más de uno”, por supuesto, nadie está diciendo que fuera buena televisión (aunque aún no habían llegado los ‘realities’, y eso era un plus); sin embargo, hubo un tiempo en el que tampoco pasaba nada si Martes y 13 hacía un sketch de lo más irreverente con una monja y una bicicleta.

La explosión de libertad que vivió España en los 80 fue algo completamente extraordinario y difícilmente comparable con nada de lo vivido hasta el momento; la cultura y los movimientos sociales que surgieron aquellos años merecen -y tienen- un capítulo aparte en la historia de nuestro país. La libertad creativa que se vivió convivía con los últimos retazos de una sociedad opaca y obsoleta. Pero, pasada la novedad, los McNamara, Canut y Almodóvar empezaron a dar paso a tendencias algo más naíf. Los españoles ya sabían que tenían libertad, ya sabían usarla, ahora quedaba que  “todo vale” de esa primera explosión de creatividad diera paso a mensajes más conscientes de su alcance social.

Por supuesto, los avances que conllevan la protección de los colectivos menos favorecidos son absolutamente necesarios, y la divulgación de un discurso respetuoso debe inundar los centros educativos, medios de comunicación y el sector publicitario. Con los años hemos aprendido -o, al menos, estamos intentando aprender- que las mujeres en la televisión no tienen por qué ser solo sonrisa, escote y piernas, que se puede hablar de otra manera de temas como la discapacidad y que hay que normalizar todo lo relacionado con el colectivo LGTBI. Excepciones hay, como siempre, pero no hay duda de que se ha avanzado mucho en los últimos 40 años.

Ahora bien, ¿nos hemos convertido cada vez más quisquillosos con los años? La respuesta es un rotundo sí. Tiene lógica, probablemente, si no lo hubiéramos sido desde el principio seguirían existiendo huchas del Domund como en los años 60 (sí, son de verdad). Algo de autocensura es necesaria. Pero, la verdadera pregunta es: ¿dónde está el límite?

A pesar de ser cinéfilos, lectores y culturetas en general, vamos a ver el caso de la publicidad y el marketing, que es lo que nos atañe en b!Hub. Lo primero es puntualizar que, al igual que los medios de comunicación, el sector publicitario tiene una responsabilidad para con la sociedad que no puede ser olvidada. Cuando una campaña hace apología del maltrato o de una violación en grupo -como fue el caso que mostramos aquí de Dolce & Gabbana en 2007- poner límites debería estar bien en cualquier caso. Sin embargo, siempre habrá voces críticas que defiendan la libertad creativa o de expresión… Y no nos engañemos, esto es porque la provocación llama la atención y en los últimos años además genera viralidad, que es el ingrediente que todo publicista desea tener en sus campañas. Ya se sabe: que hablen, aunque sea mal.

Dolce Gabbana 2007De esto sabe mucho Netflix, de cuyas campañas nos declaramos fans absolutos en un post anterior, siempre originales y provocadoras. De hecho, hoy mismo nos ha robado un poco más el corazón con su última campaña, en la que une el insulto de moda (“hijueputa”) y la Hora Chanante. Pero si se ha hablado de Netflix esta semana es porque ha salido a la luz que la Unión de Guardias Civiles la ha denunciado ante la Fiscalía por poner un cartel en un edificio de San Sebastián promocionando su nueva película española, ‘Fe de etarras’.

etarras
La película, que se estrenará el próximo 12 de octubre, está dirigida por Borja Cobeaga (‘8 apellidos vascos’) y cuenta la historia de un grupo de etarras durante el verano de 2010, cuando España jugaba el que sería su primer Mundial. Dice Cobeaga que está seguro de que la cinta no ofenderá a nadie, pero lo cierto es que tras el lanzamiento de la campaña exterior, la llamada al boicot en redes sociales ha sido clamorosa. Particulares y asociaciones han protestado por la banalización de una herida que sigue hoy abierta, sobre todo en una de las ciudades más castigadas por el terrorismo de ETA.

A falta de saber en qué desembocará esta denuncia y entendiendo a la perfección su origen y razón de ser, no podemos evitar recordar la polémica que hubo las Navidades pasadas, cuando un gigantesco Pablo Escobar de ficción presidía la Puerta del Sol de Madrid deseando a los viandantes una “blanca Navidad”, en clara referencia a la cocaína, protagonista indiscutible de la serie Narcos, también de Netflix. En ese momento, el gobierno de Colombia pidió la retirada del cartel, y las redes sociales en España se llenaron de comentarios en tono de sorna, que qué poco humor tenían estos colombianos. ¿Por qué? La provocación era exactamente la misma, lo que pasa es que si tocan la sensibilidad de otros nos da igual, parece. Colombia es un país que lleva años intentando huir del lastre que supuso la guerra de los narcos, que se saldó también con miles de muertes, ¿acaso no tienen el mismo derecho a olvidar y superar el dolor sin que unos españoles vengan a fastidiar?

Sin duda, los límites están difusos, pero hoy en día con las redes sociales la viralidad de las campañas puede volverse en contra de la marca, a veces de la manera más inesperada. Recientes y sonados fueron los casos de Pepsi y la “salvadora” Kendal Jenner (al que dedicamos un post hace unos meses) y el de los músicos a los que Mahou supuestamente explotaba. En ambas ocasiones las marcas retiraron las campañas motu proprio tras la repercusión en las redes sociales. Algo diferente fue la retirada del spot de El Corte Inglés de la vuelta al cole del año pasado: tras la presión de grupos ultraconservadores decidieron echar para atrás la campaña, el motivo fue que en ella aparecía una pareja gay; no obstante, el efecto rebote fue peor, puesto que el escándalo de que la retiraran tuvo una repercusión aún mayor y con grandes efectos negativos sobre una marca que ya era percibida como carca. El error de El Corte Inglés fue, sin duda, hacer ver que daban un paso hacia atrás en la lucha de los derechos LGTBI, una causa que cada vez más marcas apoyan de manera visible.

Las marcas son cada vez más conscientes de la importancia de sus mensajes, y es por esto que también son cada vez más las que se unan a promover el empoderamiento de la mujer. Atrás quedan aquellas campañas en las que la mujer estaba completamente relegada al cuidado de la casa y del marido, o en las que, sin necesidad de viajar tanto al pasado, la mujer era un objeto completamente sexualizado. Si se realiza una búsqueda de las campañas prohibidas en los últimos años, se puede comprobar sin dificultad que la mayoría son por apología de la violencia o por la sexualización de la mujer. (Mención especial al supuesto anuncio de Sprite que dio la vuelta al mundo y que realmente fue obra de un creativo con ganas de jaleo).

publicidad-anuncios-sexistas-machistas-kenwood-chefSin duda, la evolución de la publicidad va en consonancia con los avances de la sociedad. Pero, llegados a este punto, ¿es posible hacer algo original y llamativo sin causar la ira de 1, 10, 100 o 10.000 personas? Siempre habrá alguien que se ofenda, alguien que llame al boicot. Este parece uno de los próximos retos que debe superar la industria, bajo la lupa de miles de perfiles de redes sociales que, escudados tras el anonimato, pueden hundir a una marca en cuestión de horas a golpe de teclado.

Sea como sea, desde aquí esperamos que las buenas campañas irreverentes sigan encontrando su hueco sin causar mal a nadie. Si nos pasamos con el bienquedismo, el mundo acabará siendo un lugar aséptico y sin gracia alguna; además, intentar encontrar el lado ofensivo de cualquier discurso para evitarlo debe de ser realmente agotador. Ya en 1994, cuando ni siquiera habían llegado a nuestras vidas los escuetos uniformes de amarillo y azul de ‘El Grand Prix’, James Finn Garner publicó el libro ‘Cuentos infantiles políticamente correctos’, donde se cuidaba cada palabra para no ofender a nadie. Os invitamos a leer el hilarante extracto en el que se versiona ‘Caperucita roja’… y que después todos nos preguntemos, ¿de verdad queremos un mundo así?

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